CAPÍTULO I
La lata estaba oxidada. Eso en el mejor de los casos. Rozaba la desintegración. Pero era pieza de estudio. El ciclo de descomposición del aluminio era de gran ayuda para conocer la evolución del nivel de radiación. Cogerla no era fácil. Las pinzas que había suministrado el laboratorio eran frágiles, y estaban también oxidadas del contacto con el exterior. Y había que tener mucho cuidado. Porque la pieza de estudio, para que fuera válida, tenía que estar libre de residuos. Es decir, no podía llegar manchada de arena, ni de tierra ni nada. Y esta pieza parecía limpia. “Una potencial muestra de laboratorio, verás como se alegran cuando vean esto” se dijo para sí.
Eva era muy buena en su trabajo. Casi ninguna pieza se le resistía, y eso que con el traje antirradiación, la libertad de movimientos era casi nula. Pero su pulso era excelente. Le venía de familia. Su abuelo era cirujano, y de los buenos. Y su padre lo fue hasta aquél día…
Después de media hora, consiguió meter la lata en la bolsa de plástico que llevaba en el bolsillo. Sudaba considerablemente. No solo por el esfuerzo que le había supuesto recoger la pieza, si no también por el traje, que no expulsaba el exceso de energía liberado por el cuerpo (hacía la función de una manta, a nivel práctico). Satisfecha, cogió la bolsa y se dirigió a la Ciudad Base.
No le costó llegar, se sabía el camino de memoria (esa fue parte de su preparación). Una vez allí, se dirigió a la puerta de entrada. La puerta de entrada era una placa de ultramirita (el mineral que se descubrió cuando la primera máquina llegó al centro la tierra, hace ya unos cuantos años). La ultramirita era más dura e irrompible que el acero, y a la vez, era más maleable. Eso le convirtió en el “mineral estrella” de la población. No había cosa que no estuviese hecha de ese material. Cuando se acercó a la puerta, un haz de luz iluminó su pupila, y la pantalla de color verde indicó:
“Exploradora H127. Eva Moreno. Buenas tardes. Proceda al protocolo de entrada.”
Eva se sabía de memoria el protocolo de entrada. Incluso lo hacía de manera automática. Antes de pasar por la primera puerta, se debía depositar en un contenedor la bolsa con el material encontrado. Ya se encargarían de hacerle pasar por los controles pertinentes. Para eso eran los robots que estaban a cada lado del citado contenedor. Una vez se entraba por la primera puerta a la primera habitación, se debía esperar a que unos chorros desinfectasen el habitáculo debidamente. Los chorros duraban alrededor de un minuto. Entonces se abría la puerta de la derecha. Al entrar allí, los agujeros de la pared emitían un gas que eliminaba cualquier partícula radiactiva restante. Este procedimiento conllevaba unos 3 o 4 minutos. Una vez la habitación había quedado libre de gas, se abría la puerta de la parte posterior. Allí, en un habitáculo pequeño, como los anteriores, había que esperar a que la habitación se acondicionase a la vida humana. Una vez acondicionado, se encendía una luz verde en la pared, y se procedía a quitarse el traje antirradiación. Para ello, en la parte derecha había un botón de color morado. Inmediatamente asomaba un cilindro metálico con una percha incorporada, todo ello, claro, totalmente automatizado. Entonces Eva se quedaba solamente con un traje de neopreno muy ajustado que odiaba y que la marcaba todos los defectos. “Me ha salido algo de tripa, la edad no perdona”. Y así terminaba el protocolo de entrada. Ahora ya se podía acceder al vestuario principal, donde cada explorador tenía su taquilla para guardar sus enseres.
Una vez en el vestuario principal, Eva se relajó. “Ya no hay peligro. Aquí estoy a salvo.”. Mientras tarareaba una canción irreconocible, se dirigió hacia su taquilla personal. La número H 127. La segunda de arriba desde la izquierda. La conocía de sobra. El lector de iris volvió a realizar su trabajo:
“Exploradora H127. Eva Moreno. Buenas tardes. Que tenga un buen día”
Se puso su ropa (una camisa blanca y unos pantalones de tela grises), y se dirigió al hall principal de la Ciudad Base.
Era difícil de explicar la sensación que le albergaba cada vez que pisaba aquel suelo. En realidad, aquella era “su casa”. La estructura, blanca absoluta (para ser totalmente impermeable a cualquier rayo de sol), carecía de ventanas. Tan solo las escaleras hacían parecer a aquella estructura un edificio. El hall, más grande que un campo de fútbol, se encontraba bastante concurrido. Era el paso común entre todos los departamentos. Era la columna vertebral de todo el edificio.
A la derecha se encontraba el DIME - Departamento de Investigación del Medio Exterior (departamento al que pertenecía Eva en calidad de exploradora), el Departamento de Mejora (donde se investigaba cómo mejorar las condiciones de vida de los individuos dentro de la Ciudad Base ), el Departamento de Fabricación (donde se fabricaban alguna de las pocas cosas que se podían fabricar, como pan, cerveza, útiles y herramientas…), el Departamento de Alimentos (donde se cultivaban de manera artificial los alimentos que iban a ser consumidos posteriormente por los habitantes de la Ciudad Base ) y el Departamento de Domótica.
A la izquierda estaban los Departamentos de Servicios (el Departamento de Medicina, el Departamento de Poli-bomberos, el Departamento de Educación, el Departamento Judicial y el Departamento del Comercio y el Departamento de Otros Servicios, un verdadero cajón de sastre donde entraba todo lo que no entraba en los Departamentos anteriores).
En la parte alta del edificio, debajo de la cúpula, se encontraba el Consejo de Sabios (lo que en una democracia se llamaría el equipo de gobierno). Ellos eran los que tomaban las decisiones importantes, y los que tenían la última palabra.
Los pisos inferiores los componían las habitaciones y demás complejos (baños comunes, zona de comedor, zona recreativa…) creados para satisfaces las necesidades básicas de los individuos.
“Al final nos hemos organizado bien” se decía Eva cada vez que contemplaba la enorme ciudad (si se le podía llamar así) que se asomaba ante sus ojos. La verdad es que la había costado adaptarse en un principio. Tanta norma nueva, tanto protocolo… Las cosas habían cambiado irremediablemente, y si se quería sobrevivir, se tenían que tomar ciertas medidas. Tampoco se había planteado si eran las más adecuadas. Lo importante era que todos seguían vivos. Que podían contarlo.
Estaba exhausta. El esfuerzo de recoger la lata, le había dejado con la energía bajo mínimos. Necesitaba comer algo. Pero tendría que esperar. Uno de las normas más rigurosas de la Ciudad Base era el horario de comida. Se desayunaba de 7 a 8:30, se comía de 13 a 14:30 y se cenaba de 20 a 21:30. A las 22:30 todo el mundo tenía que estar en la cama metido. Eran las normas, y había que cumplirlas. Nadie las discutía, nadie las ponía en cuestión. Se necesitaba una rutina para sentirse vivos y las normas les hacía una auténtica comunidad.
Todavía eran las 19h. Todavía tenía una hora para descansar. Se dirigió a su “casa”. En realidad era su habitáculo. Era una habitación que compartía con el que se supone era su “pareja”. Ella no lo entendía así. Era un chico con el que le metieron en una habitación y con quien le obligaron a reproducirse. Sus RH eran compatibles, por lo que sencillamente un médico decidió que debían ser “pareja”. Ellos no tuvieron ni voz ni voto en ese asunto.
La reproducción no era al uso, no era “física”. Era por laboratorio. No estaba permitido el sexo. Incluso la palabra había desaparecido en el vocabulario de la gente. Las nuevas generaciones ni siquiera la conocían. No se permitía el contacto físico entre los individuos. La razón por la cual no se permitía la reproducción natural era que los individuos de primera generación (los creadores de la ciudad base y los primeros en poblarla), todavía contenían en su cuerpo ciertos niveles de radiación. Y se corría el riesgo de que el hijo/hija saliera con pequeñas mutaciones o pequeñas deficiencias. Y una comunidad tan pequeña y perfecta como esa, no se podía permitir individuos con defectos. La evolución de los individuos debía ir hacia la perfección. Y solo en el laboratorio se podían crear embriones perfectos. No se dejaba margen de error. Cada individuo de esa comunidad que cumpliese los requisitos, tenía su banco de reproducción. Eva había donado su óvulos y David (como se llamaba su “pareja”) había donado sus espermatozoides. De esa donación nacería en 6 meses lo que sería su primer “hijo”. Su “hijo” perfecto.
Pero el placer sexual es algo necesario para el ser humano, es una “necesidad básica”. Al principio, varias personas “desaparecieron” por haberse saltado esa norma. Una vez, incluso se tuvo que hacer “desaparecer” a un integrante del Consejo de Sabios. Entonces, ese mismo grupo tomó una decisión cuanto menos acertada: se crearon unos habitáculos unipersonales donde los individuos disponían de las herramientas necesarias para poder satisfacer sus deseos más íntimos. En la zona de hombres, la habitación disponía de una cama pequeña donde yacía una mujer muy similar a la de carne y hueso. Allí yacían con ella, y podían dar rienda suelta a sus instintos más bajos. En la zona de mujeres, la habitación disponía de “pequeñas herramientas” que suponían una ayuda eficaz para calmar la pasión de las mujeres (vibradores, consoladores y otros artilugios a los que Eva aún no había encontrado utilidad ninguna). Se habían acostumbrado a hacerlo así. Era la norma.
Cuando llegó a su habitación, David se encontraba leyendo un libro (los libros de antes de la catástrofe no estaban permitidos, todos fueron eliminados concienzudamente). Era un libro de domótica. David trabaja en ese Departamento. Él se encargaba del mantenimiento de los robots del comedor. Ese era su trabajo.
David era un buen chico. Era más joven que Eva. Eva tenía 32 años, David 27. Pero era maduro y consecuente, y sobre todo, era buena persona. Su pelo rubio, que en los últimos años se le había oscurecido considerablemente por la falta de luz, combinaba a la perfección con sus ojos marrones con tonalidades verdes. Era alto y de complexión fuerte. Lo que se podía considerar un buen individuo. Se conocieron el día que entraron en esa habitación, sabedores de que debían de ser “pareja” para la comunidad. Al principio, solo intercambiaban un par de palabras al día, pero con el tiempo, fueron adquiriendo cierta complicidad, y se podía decir que Eva le quería. Le había cogido mucho cariño. No estaba enamorada (en esa comunidad ese sentimiento estaba vetado, otra palabra que se perdería con las generaciones), pero le tenía cierto aprecio. Era su “individuo” favorito. Esa era la palabra que se utilizaba para hablar de la “pareja”.
Hablaron de su jornada laboral, de cómo les había ido el día. A Eva se le pasó el tiempo volando, hablar con él le resultaba reconfortante. Cuando volvió a mirar el reloj, era las 20:30. “¡Hora de cenar!” le dijo a David con entusiasmo. Él también tenía hambre, se preguntaba qué tendrían de cenar. “Seguro que un jugoso plato de pasta artificial con tomate de laboratorio”. Bajaron a buen ritmo hacia el comedor, que se encontraba en la planta inferior.
El comedor era inmenso. Nunca se llenaba. Quizás en las celebraciones especiales podía darse un 75% de ocupación. No había individuos suficientes en la Ciudad Base para llenar ese comedor. Nada más entrar por la puerta, había que dirigirse a la derecha, donde se cogía la bandeja que un robot facilitaba. En esa misma zona otros mini-robots se encargaban de que hubiese siempre disponible cucharas, tenedores, cuchillos, pan de laboratorio, platos…David le explicó que el mini-robot de platos andaba un poco perezoso últimamente, y que en la última semana tuvo que hacerle 4 arreglos. A Eva le encantaba que David le explicase con tanto detalle su trabajo. Le mantenía distraída. En la siguiente zona, se encontraba la zona de alimentos. Unas máquinas contenedoras de alimentos se encargaban de dosificar la cantidad necesaria por plato. Cogía tu plato, lo introducía debajo de su dispensador, y expulsaba la ración que tenía programada. Para todos lo mismo. En esa comunidad no había nadie obeso. El exceso de peso se consideraba un defecto, y una traba hacia la perfección. No se podía elegir qué comer. Los nutricionistas eran los que se encargaban del menú. Intentaban ser variados en la elección, pero era difícil. Los alimentos de laboratorio eran limitados, y conseguir la materia prima cada vez resultaba más difícil. Los investigadores estaban estudiando la forma de poder producir ellos mismos la materia prima, pero se les estaba complicando.
Ese día había sopa de pasta con aroma de verdura, y sucedáneo de pescado de segundo. El postre ese día era especialmente suculento. Tarta de chocolate de laboratorio. Aunque no sabía igual que el que recordaba haber tomado antes de la catástrofe, aquella tarta era una de las comidas preferidas de Eva. Se le iluminaron las pupilas cuando al fin pudo coger el tenedor para empezar a trocear aquel manjar.
Todavía no había terminado de comerla cuando dos Poli-Bomberos le agarraron del brazo.
Acompáñenos por favor – le dijo amablemente uno de ellos.
¿Cómo? ¿Qué pasa? – les dijo extrañada.- Yo no he hecho nada.
Los Poli-Bomberos eran los que se encargaban de hacer cumplir la ley. Si alguien se saltaba alguna norma, los compañeros del Departamento encargados de vigilar las cámaras avisaban a los que iban a pie. Éstos detenían al infractor y se sometía al individuo a un interrogatorio. Si la falta había sido leve, se tomaban medidas leves: se le castigaba un día sin comer, o se le ponía a realizar trabajos sucios y forzosos durante la noche, no pudiendo dormir, o incluso a veces, se podía llegar al castigo físico. Si la falta había sido media, los castigos se endurecían (sin comer durante dos o tres días, o no poder dormir durante dos días, o algún castigo físico más invasivo). Si la falta había sido grave, el individuo era obligado a pasar una semana entera en una especie de agujero cerrado. Porque ni siquiera era una habitación. Era una habitación de 1m de alto, y 2m de fondo. El individuo que tuviera que pasar ahí la semana, no podía levantarse. Solo podía estar o tumbado o reclinado. Era una verdadera tortura.
Una vez, un señor cometió una falta grave (forcejeó cuando los Poli-Bomberos le fueron a detener por pelearse con un compañero), y le metieron en ese habitáculo. Al salir, no se pudo poner en pie. Las piernas le quedaron inutilizadas. Y como no se aceptaban individuos con taras en esa comunidad, se le hizo “desaparecer”.
Las faltas se acumulaban, por lo que había que tener cuidado. Porque 2 faltas leves era una falta media, y 2 faltas medias era una falta grave. Y, a su vez, 2 faltas graves era una falta muy grave. Sobra decir lo que pasaba con las personas amonestadas con una falta muy grave. Sí, se le hacía “desaparecer”.
Eva jamás había sido amonestada desde el momento que se inició la andadura de la Ciudad Base. Era una chica disciplinada, y sabía cuales podían ser las consecuencias de sus actos. Y no quería problemas. Intentaba recordar algo que hubiera podido hacer mal a lo largo del día, pero no se le ocurría nada.
¿De qué se me acusa? – preguntó mientras acompañaba a los guardias hacia su Departamento.
-No se le acusa de nada, señora. – le contestó el guardia.
-¿Entonces, por qué me llevan detenida? – cuestionó contrariada.
- El máximo responsable del Departamento de Investigación desea hablar con usted de manera confidencial. Y para que así sea, se deberá hacer en nuestro Departamento. Se hará a cámara y micrófono cerrado, como bien usted sabe. Y para eso, seremos nosotros quien le conduzcamos hasta tal sala. – le explicó el más alto de los dos.
Eva no entendía nada. ¿Para qué necesitará hablar conmigo de manera confidencial mi responsable? Y sobre todo… ¿Por qué no puede esperar a mañana para decírmelo? Las preguntas se agolpaban en su cabeza. Pero no encontraba respuesta. No de momento.
Los guardias le condujeron hasta el despacho de la confidencialidad. Le registraron en busca de algún dispositivo que pudiera romper tal confidencialidad. Al no encontrar nada, le abrieron la puerta y se quedaron allí mientras ella entraba.
Era una sala negra (a Eva le impactó el color, las paredes de la Ciudad Base eran siempre blancas, o eso había creído ella). Era una sala pequeña, con una mesa, negra también en el centro, con 6 sillas alrededor. Su máximo responsable (al que conocía de vista, de alguna vez que había realizado alguna visita a los exploradores), se encontraba en la silla sentado, de cara a la puerta. Su cara mostraba preocupación, y sus ojos, cierta expectación.
- Buenas tardes Exploradora H127. ¿O prefiere que le llame por su nombre?
- Como usted desee – Eva sabía que ese hombre era muy importante, y no sería ella quien impusiese las reglas.
- Le llamaré Eva entonces. Buenas tardes Eva. Mi nombre es Bax. Le pido disculpas por adelantado por los inconvenientes que le pudiera causar mi pronto requerimiento. Pero le aseguro que el tema a tratar es de vital importancia. De ahí la urgencia en contactar con usted.
- “Pues sí, dejarme a medias en mi tarta de chocolate ha sido una gran inconveniente”- pensó Eva- ¿De qué se trata? – sentía una mezcla de curiosidad y expectación que no podía ocultar. Tenía que ser algo importante. Si no, no se habría tomado tantas molestias aquel señor tan importante.
- Fue usted quién encontró una lata esta tarde en el exterior, ¿verdad? – preguntó con aire misterioso el señor Bax.
- Sí – contestó ella.
- ¿Y no notó nada extraño en ella? – preguntó el responsable.
- No. Era una lata al uso. Quizás de refresco. No lo se. Pero por la forma de descomposición, parecía de aleación de aluminio y acero. – no sabía a donde quería llegar el señor Bax.
- ¿Y no vio nada más que pudiera parecerle sospechoso? – insistió
- No, lo siento. Me pareció una lata normal.
- La lata que ha encontrado esta tarde, ha sido debidamente analizada, y creo, no, puedo asegurarle que el contenido ha sido consumido por un ser humano hace, como mucho, tres meses.
- ¡Pero eso es imposible! – exclamó Eva- ¡Las condiciones del medio exterior son impensables para un ser humano! Con el nivel de radiactividad exterior un ser humano no sobreviviría más de dos días vivo. Es sencillamente imposible. – repitió Eva.
- Lo sabemos. De ahí mi urgencia. No sabemos cómo es posible. Pero le repito. La lata que usted nos ha traído ha sido consumida por un ser humano hace, como mucho, tres meses.- repitió preocupado el señor Bax.
- Eva se sentía mareada. Era imposible. ¿Vida humana ahí fuera en esas condiciones? ¿Cómo podía ser posible? Solo se el ocurría una forma de poder sobrevivir, una forma de no morir ante tan alto nivel de radiación.
- Mutantes… – masculló Eva.
Habían cambiado mucho las cosas desde que cambiaron de director en el hospital. Mientras que el anterior era bastante conservador, este era muy progresista. Enseguida empezaron a desaparecer máquinas, y a aparecer nuevas. Tampoco es que fuese malo. La verdad es que venía bien renovar la maquinaria de vez en cuando, pero Joaquín sabía por experiencia que eso iba a terminar mal. No se podía gastar tanto dinero en tan poco tiempo. Tarde o temprano le llamarían la atención, y les tocaría a todos apretarse el cinturón. Quien sabe, quizás hasta bajar el sueldo de los profesionales. Y eso era lo último.
Joaquín era cirujano del hospital más importante de Vizcaya. Era de los buenos. En más de una ocasión le habían llamado de otros puntos del país a pedirle asesoramiento. Tenía 15 años de experiencia, y eso hacía mucho. Se había ganado un prestigio en la zona, y no solo porque su padre fuese una de las mayores eminencias en la cirugía coronaria, sino porque él mismo había completado con éxito miles de operaciones pioneras.
A sus 45 años estaba satisfecho con la vida que tenía. Había conseguido una buena vida. Tenía una mujer a la que adoraba, una hija encantadora y disciplinada, y un trabajo donde le admiraban y respetaban. No tenía problemas de dinero, y vivía de manera acomodada. No podía quejarse. Las cosas le iban bien.
Mientras se recreaba en su felicidad, aparcó su coche (su “perla dorada” lo llamaba él) y entró en su casa. No había nadie. Su mujer estaría todavía trabajando, y la hija en la universidad. “Bueno, de vez en cuando un poco de paz no viene mal” se dijo. Se puso el pijama, se tumbó en su sofá y encendió su teleholograma para conocer las últimas noticias.
El científico norteamericano insiste en la necesidad urgente de un plan de ataque para luchar contra el cambio climático.
La última década ha sido la década más seca de la que se tiene constancia. Seca y cálida. Las zonas donde antes nos encontrábamos con temperaturas templadas, ahora son casi desérticas, las zonas donde antes llovía con cierta frecuencia, ahora se han vuelto templadas y secas. Y las zonas donde antes hacía frío y llovía con bastante frecuencia, ahora son más habitables. Este año, 2035, ha sido especialmente acusado ese cambio. La gente lo ha notado. Y lo que verdaderamente me sorprende, es que nadie haya hecho nada al respecto. Porque no es solo el cambio de temperaturas y climas. Estos cambios también suponen más catástrofes naturales y más situaciones climatológicas extremas (recuerden que ya han desparecido varios países por estar causas). Si seguimos así, menos de la mitad de la zona habitable hoy, lo será mañana. Y para cuando actuemos, ya será demasiado tarde.
Joaquín apagó el teleholograma. Ver de manera tan realista las catástrofes naturales, le daba escalofríos. Y sobre todo lo que más miedo le daba era saber que el científico tenía razón.
Él siempre había recordado Bilbao lloviendo. Cuando era pequeño, siempre llevaba un paraguas en la mochila “por si acaso” le decía su madre. Las temperaturas eran soportables. Entre 20 y 30ºC en verano, y entre 10 y 20ºC en invierno. Rara vez la temperaturas bajaban de 10ºC , y rara vez pasaban de 30ºC .
Pero de unos años hasta entonces, la lluvia había cesado considerablemente. Ahora ya no hacía falta llevar siempre un paraguas encima. Es más, el que tenía, estaba viejo y oxidado por la falta de uso. La verdad es que era una gozada. La gente salía más, y él mismo había ido más a la playa y a la montaña. El tiempo siempre acompañaba. Lo malo eran las temperaturas. En invierno andaban entre los 15 y 25ºC .
Las pistas de nieve habían tenido que cerrar, puesto que la nieve había desaparecido. La gente tenía que irse del país si quería esquiar hacia el norte de Europa. Porque en Francia tampoco quedaban ya muchas pistas, y las que quedaban, estaban demasiado llenas, o eran demasiado “exclusivas”. Ya no anunciaban las típicas estampas de navidad con nieve y gorro. Eso ya no era realista. Incluso algunos pasaban el fin de año en la playa, sobre todo el año anterior, que ese día se rondaron los 23 grados. Las empresas de ropa de abrigo sufrieron grandes pérdidas y tuvieron que cerrar. Pero también abrieron otras muchas empresas dedicadas a ropa de verano, al surf y demás deportes acuáticos. Incluso de turismo. Porque el turismo aumentó considerablemente. Las Canarias desaparecieron en el último tsunami importante, y las Baleares se habían convertido en zona desértica. Ahora la costa norte era la moda.
Pero los veranos eran insoportables. Y las primaveras. Y el inicio del otoño. Desde mayo hasta Octubre, difícilmente bajaban de los 25ºC . A veces el calor era tan insoportable, que la gente se metía vestida debajo de las fuentes (con ropa y todo) para refrescarse. Mucha gente moría por insolaciones y deshidratación. Incluso el inventor de la ropa impermeable al calor era bilbaíno. “Como para no, con el calor que hace por aquí en verano” se dijo Joaquín al ver la noticia. La verdad es que el invento había sido todo un éxito. Todas las tiendas tenían una sección con ropa de esa tela. Era el último grito. Además, se podía hacer cualquier prenda con esa tela: pantalones, camisas… Joaquín empezó comprándose (no muy convencido) una camisa así. Y desde el instante que lo compró, se volvió su favorita. Su cuerpo no sudaba, y caminaba mejor y más agusto. Incluso se veía más hábil. No tardó en comprarse pantalones, camisetas, camisas, calcetines… Incluso les compró a su mujer e hija alguna prendilla. Estaba encantado con aquello. “Bilbaíno tenía que ser el inventor” se decía siempre orgulloso.
Sí, las cosas habían cambiado en los últimos tiempos. Cada dos por tres se oían noticias de tsunamis, huracanes, terremotos… Incluso países enteros desaparecidos. La última gran noticia fue que un tsunami podía llegar a alcanzar Irlanda e inundarla. Hubo verdadero pánico. Mucha gente se fue hacia Centroeuropa buscando una salvación. Al final el tsunami solo hizo desaparecer algunos pueblos costeros. La gente pudo volver a sus casas. Pero no sin cierto temor. ¿Pero era realmente tan preocupante? ¿Y si realmente era preocupante, por qué los gobiernos no hacían nada? “Esos vagos corruptos solo saben cobrar comisiones” solía decir su padre.
Mientras paseaba por sus pensamientos, oyó el timbre. La pantalla del teleholograma se encendió y le mostró el rostro de su hija, que esperaba le abriese la puerta. Mientras le abría, le miraba con mucho cariño. Su hija era su máximo orgullo. Desde pequeña fue la mejor de su clase. Era hábil, inteligente, disciplinada… Pero también era buena, cariñosa y se regía por los mismos principios que él. Era adorable. Le encantaba sentarse con ella en el sofá y debatir sobre temas de actualidad. Su hija le daba ese punto de vista siempre fresco y vital. Todavía creía que el mundo podía cambiar. “La juventud… divina juventud” solía decirse él. Ella eligió ser cirujano como él. Y estaba terminando de estudiar la carrera de medicina para poder especializarse. Tenía talento. Tenía un pulso perfecto. “Le viene de genética” pensó Joaquín. Le adoraba. Era su ojo derecho y su ojo izquierdo. Su niña mimada.
- Hola, Papá. ¿Qué tal el día? – lo dijo con mucho entusiasmo. Seguro que le había pasado algo bueno.
- Hola Eva. Pues bien, todo bien. Con esta camisa ya sabes… Como una rosa. ¿Y tu qué tal? ¿Qué tal el día? ¿Ha ido todo bien? – le encantaba verla tan sonriente.
- ¡¡Muy bien Papá!! ¡Ha sido un día increíble! ¡Me han propuesto para una beca en el hospital que trabajas tú! Sería fantástico. ¿Te imaginas? Tú y yo en el mismo hospital. Les he preguntado si habría algún destino específico, y me contestaron que no. Que me dejaban elegir especialidad. ¡Papá! Eso significa que podría ser tu becaria. ¿Te imaginas? ¡Ser tu ayudante! Me gustaría tanto…- se mostraba eufórica, contenta. Incluso juraría que vio en sus ojos una lágrima de alegría.
- ¿Pero estás segura de que te dan la Beca ? – no quería hacerse falsas esperanzas.
- ¡Sí! Me lo ha dicho mi tutor esta mañana. Incluso he salido en las listas oficiales. ¡No es fantástico!
- Pues sí, sí que lo es. Pero te aviso. Seré inflexible contigo. No seré más suave porque seas mi hija. Quiero que seas la mejor cirujana del país, y para eso necesitarás una formación dura, severa y constante. – intentaba mostrarse serio e inflexible, pero por dentro sentía unas ganas inmensas de abrazarla, besarla, y decirla que bajos sus brazos, le convertiría en una gran cirujana. Se sentía tan orgulloso…
Como si le leyera el pensamiento, su hija fue derecha a abrazarlo. Lo apretó con tanta fuerza, que le pareció oír un crujido en las costillas. No pudo más que devolverle ese efusivo abrazo. Le quería tanto…
Mientras Joaquín abrazaba con amor a su hija, John Fisher, el presidente de Unieuropa (fue el nombre que adoptaron los países europeos cuando de juntaron en 2025 para crear un único país) recibía en su mesa un informe en el que se podía leer la palabra ultrasecreto.
Desde que desaparecieron varios estados de los EEUU a causa de los tsunamis y huracanes, aquella zona había resultado más bien inhóspita para el ser humano, y mucha gente se vino a vivir a Europa. Aquello hizo nuestro continente fuerte y poderoso, y al juntarse todos los estados miembros de la antigua Unión Europea, aquel poder aumentó aún más.
John había salido elegido presidente hacía un año, por lo que era más bien inexperto en su cargo. Pero a su lado tenía a los mejores asesores del mundo. Con ellos, nada podía salir mal. Tenía en su cúpula a los mejores en cada campo: el mejor astrónomo, el mejor médico… Pero claro, sus decisiones tenían mucha influencia en el mundo. Por ello, necesitaba solo a los mejores.
Cogió la carpeta entre las manos, y se echó atrás en su silla relax. Seguro que lo que hubiese en esa carpeta sería trascendente e importante, por lo que hacía falta estar en buena posición, para que su salud no mermara (así se lo había recomendado su médico personal, un grandísimo profesional, por cierto).
La abrió y leyó el contenido. Según iba leyendo, su cara se iba blanqueando más y más. No podía creer lo que estaba leyendo. Era imposible. No, no podía ser verdad. Volvió a leerlo, por si lo hubiese entendido mal. Pero no. Estaba claramente explicada la situación. Había que hacer algo. Y había que hacer algo ya. Antes de que fuera demasiado tarde.
Se levantó rápidamente de su asiento (incluso sintió un leve mareo por el esfuerzo), y se dirigió a la mesa de su secretaria, que estaba al lado de la puerta de su despacho.
- Llame inmediatamente a todos mis asesores. Los quiero ver a todos en menos de tres horas reunidos en mi despacho. – dijo con determinación y urgencia.
Su secretaría no pudo disimular una expresión de sorpresa “¿Por qué tanta prisa? ¿Y por qué a todos?”.
- ¿Pero necesita a todos sus asesores? Piense que alguno pueda estar en alguna conferencia en la otra punta del mundo – explicó su secretaria
- No me importa donde estén. Los quiero a todos aquí y en menos de 3 horas. Dígales que soy inflexible en ese punto. Los necesito a todos aquí, y los necesito hoy mismo. Así que deje de mirarme con esa cara, y póngase inmediatamente a llamarles.
Había sido demasiado brusco con ella. Lo sabía. Pero era la única manera de que lo tomara en serio. El tema era demasiado importante, y requería una pronta solución.
Entró a su despacho nervioso, se sentó en su silla de oficina, y se giró hacia la ventana, desde donde podía ver toda la ciudad que se alzaba ante él. No podía hacer otra cosa. De momento, solo quedaba esperar.
En la mesa de su despacho, la carpeta se encontraba mal cerrada, por lo que se podía ver un folio que sobresalía de un costado. Solo se podían leer 8 palabras: …”y eso supondrá la extinción del ser humano en la tierra.”
Continuará…
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