VENGANZA FINAL
A mi shur, por leérselo días después de entregarlo. Y a mis compañeros de la plataforma, por hacer de ese rincón de Internet, una gran familia.
Tenía los ojos inyectados en sangre. Llevaba toda la noche llorando desconsoladamente. Le picaban, le escocían, pero no había sido capaz de dormir en toda la noche. El pecho le dolía de los sollozos repetidos e incontrolables.
Se sentó en la cama de la habitación que había alquilado la noche anterior. No recordaba muy bien como había llegado hasta allí. Los acontecimientos se le antojaban borrosos, nublados… Como si de repente una niebla persistente le hubiera rodeado. La habitación era modesta. No quería llamar la atención. Había elegido ese motel por estar a las afueras de un pequeño pueblo de provincia. Allí no sería fácil encontrarle. Y eso es lo que necesitaba ahora. Sentirse transparente, sentir que no existía en la faz de la tierra. La habitación tenía una cama individual (no había pedido de matrimonio para no llamar la atención. Quizás la dueña pensara que quería subirse a una muchacha. Ese tipo de moteles eran típicos para amantes que se escondían). Junto a la cama, había una mesita individual de madera, sencilla pero elegante, con una lámpara que había tenido mejores momentos en una esquina. La silla, de madera también, tenía marcas dejadas por alguien anteriormente. Se acercó para intentar descifrar lo que habían escrito: “Amanda estuvo aquí, 12/01/1995”. Ya hacía unos cuantos años desde que estuviera Amanda en aquella habitación, 20 para ser exactos.
Se quedó un rato absorto en sus pensamientos mientras daba vueltas a una canica en su mano. Ni siquiera se acordaba donde se la había encontrado. ¿Qué más daba? Ahora la vida ya no tenía sentido. Había perdido lo que más amaba. Su niño. Su hijo. Las cosas nunca fueron fáciles con él. Desde pequeño, tuvo que soportar la ausencia de su padre. Definitivamente no había sido un buen padre. Siempre tenía trabajo. Nunca estaba en el país. Jamás acudió a verle jugar un partido ni le importó si era un buen estudiante o no. Jamás se preocupó de si sabía hablar o escribir. Para eso estaba su madre. Su madre se encargaba de esas cosas y él simplemente iba a casa, le daba unos regalos, estaba con él una tarde, y desaparecía otros 3 o 4 meses.
Pero todo cambió una mañana fría de Enero. Estaba en una de sus “misiones”, y era pronto por la mañana. Se acababa de despertar y se estaba dando una fría ducha en el hotel para despejarse y poder tener todos los sentidos en alerta, tal como requería su trabajo. De repente, sonó el teléfono de su habitación. Sorprendido (sus compañeros de trabajo le llamaban al móvil, que cambiaba de número automáticamente cada mes), se dirigió a él, cogiéndolo con el más absoluto cuidado:
- ¿Sí? – Intentó cambiar ligeramente la voz por precaución. Le habían enseñado a imitar distintas voces, incluso era capaz de imitar perfectamente la voz dulce y melosa de una mujer.
- ¿Señor Haysen? Tiene una llamada – la recepcionista se mostraba cauta. Sabía que el huésped era alguien importante.
- ¿De quién se trata? – muy poca gente sabía que se alojaba allí. Y tenía muchos enemigos. Debía tomar precauciones.
- Dice ser su hijo
Por un momento sintió un escalofrió en el cuerpo. ¿Su hijo? ¿Cómo era posible que él supiera donde se alojaba? Su ex mujer tenía el número de su responsable más directo, por si hiciera falta comunicarse con él para alguna urgencia. Tenía que tratarse de eso. O también podía ser una trampa.
- Muy bien. Pásemelo por favor.
Se oyó un pequeño chasquido, e inmediatamente surgió la voz de su hijo.
- ¿Papá? ¿Papá?
- ¿Raúl? ¿Eres tú? – no cambió la voz a su voz natural por si acaso
- Joe, papá, qué difícil es localizarte. Me han hecho 100.000 preguntas. Me ha faltado poco para pedir que me extrajeran sangre y me hiciesen las pruebas de ADN para que confirmasen que soy tu hijo. Qué voz tan rara tienes al teléfono. – estaba claro que era él. Su voz era inconfundible. A sus 16 años le estaba cambiando la voz, y de vez en cuando le salían unos gallos muy característicos de los chicos de su edad.
- ¿Ha pasado algo? – volvió a su voz natural.
- Me temo que sí, papá. Mamá está muy enferma. No he querido llamarte hasta ahora para no preocuparte, pero mamá tiene una enfermedad muy grave. Leucemia. Lleva varios meses luchando contra ella, pero temo que esta vez le ha vencido.
Recordó la última vez que había ido a verles. Haría unos 4 meses. Se presentó como siempre, sin avisar, en casa. No había nadie. Le pareció extraño, siendo tan tarde, las 10 de la noche. Llamó al móvil de su exmujer, pero estaba apagado. Llamó entonces al de su hijo, al que hacía un año le había regalado un móvil de última generación con un gps oculto dentro. No sabía cuando lo podría necesitar. Le dijo que estaba en casa de un amigo, y que en 5 min estaría en casa.
- ¿Y tu madre? ¿Dónde está?
- Ha salido a tomar algo con una amiga- “o con un hombre” se dijo él. Por un momento sintió una punzada de celos. Pero estaban divorciados. Ella era libre. El hecho de aparecer 3 veces al año y mantener con esa frecuencia encuentros íntimos, no le daba derecho a nada.
Ahora entendía por qué el chico tenía aquella cara desencajada. Al principio le pareció que quizás estuviera metido en algún lío de drogas. Tendría que tener una charla seria con él. De hombre a hombre. Le faltaba la referencia de un padre. Y él se estaba convirtiendo rápidamente en un chico alto y fuerte.
- ¿Por qué no me has dicho nada hasta ahora? – preguntó aparentando consternación. (Eso no habría cambiado nada. Quizás habría ido a verla un par de veces. Pero no habría podido dejar de trabajar por ello)
- Sabes perfectamente por qué. No creo que haga falta que te lo diga. Todos sabemos cuál es tu grado de implicación en esta familia.
- ¿Cuánto tiempo queda?
- El médico dice que es cuestión de horas. Con un poco de suerte uno o dos días.
- ¿Está consciente?
- A ratos.
- Estaré allí en 3 horas.
- Como quieras.
Nunca había pedido permiso para abandonar una “misión”. Ni siquiera aquella vez que le tuvieron que poner una placa de hierro para soldar un hueso. Pero esta vez era distinto. Tenía que despedirse de Rosa. Ella había sido la única mujer que había amado. La única que había aguantado durante unos años su vida. Y la única a la que acudir cuando le daban 6 días de descanso al año. Ella y ese niño, su hijo, eran su única familia. Sus padres habían muerto hacía años. Y ahora estaba a punto de perder a la “mitad” de su familia.
Hizo un par de llamadas, y cogió el primer avión que salía hacia casa. Había sido bastante optimista diciendo que tardaría 3 horas en llegar. Tardó 5. Llegó angustiado, con miedo de llegar ya demasiado tarde. Preguntó en recepción cuál era el número de habitación, y se presentó allí en menos de 5 minutos. Cuando entró, se encontró a su hijo de espaldas, sentado en la cama junto a la que había sido su mujer. Le agarraba de la mano, y le daba caricias suaves y cariñosas mientras le susurraba en el oído. Rosa estaba irreconocible. ¡¡Dios mío, con lo tremendamente bella que había sido!! Se quedó prendando de ella desde el primer momento en que la vio. Aquella muchacha de rostro y voz angelical que le atendía en la librería de la Universidad. Estuvo un par de años cortejándola, hasta que encontró el valor para invitarla a salir. Ella aceptó con una sonrisa.
Ya no quedaba nada de aquella muchacha joven y risueña que conoció. La enfermedad la había consumido. Estaba postrada en la cama, sin pelo, casi sin carne, y con los ojos totalmente hundidos. Su hijo no había exagerado. Lo raro era que estuviera aún viva. Carraspeó ligeramente para que su hijo notara su presencia. Raúl se dio la vuelta lentamente, como si ya supiera que llevaba un rato en la puerta, y le miró. Tenía los ojos rojos y congestionados. Estaba llorando. Fue acercándose poco a poco a la cama, hasta que llegó al otro lado. Se sentó en un costado, y la miró. Ella notó su presencia, pues lentamente giró la cabeza hasta entrecruzar la mirada. Notó como se le dilataba las pupilas. Lo había reconocido. Fue a intentar hablar, pero solo consiguió balbucear.
- Tranquila, no digas nada – intentó decirle de la maneras más dulce que sabía.
Cogió su mano suavemente, y la acarició. Intento transmitirle todo el calor que emanaba de él. Intentó enviarle fuerzas. Le besó suavemente la mano, con toda la dulzura que su carácter frío le permitía. Miró a su hijo, que seguía llorando.
- ¿Podrías dejarnos un poco a solas?
Raúl salió de la habitación sin rechistar, pues sabía que su padre, aun a pesar de no haberse comportado como un padre ejemplar, ni muchísimo menos un marido ejemplar, amaba a su madre. Cuando se quedaron a solas, notó que ella quería decirle algo. Le acarició los labios para intentar tranquilizarle.
- Tranquila. Si te pones nerviosa no podrás hablar, porque te costará respirar. No sabía que estabas enferma, no supe nada hasta hace unas horas. He venido en cuanto me he enterado. ¿Por qué no me has dicho nada? – sonó a reproche, pero él sabía mejor que nadie que no tenía ningún derecho a reprocharle nada.
Ella cerró un poco los ojos, y giró la cabeza hacia el otro, como intentando evitar darle una respuesta a eso. Él sabía lo que le habría dicho si hubiera podido: “porque no te habría importado. ¿Qué habrías hecho? ¿Dejar tu trabajo? Los dos sabemos que eso no habría pasado. Así que deja de actuar como si fueses un buen marido”.
- Ya lo sé. Sé que eso no habría cambiado nada. Pero he venido a verte, porque quiero estar contigo hasta el final y quería decirte que…
Ella se giró de nuevo, y clavó su mirada en los ojos del que había sido su marido. Sus ojos mostraban curiosidad. Lo miraba de hito en hito.
- …sé que no he sido un buen marido. Sé que he sido un pésimo padre. Jamás he estado a la altura. Y tú te has encargado de todo. Has hecho muy bien tu trabajo. Nuestro hijo es un chico alto, fuerte y muy inteligente. Lo has educado muy bien, y has sabido ser padre y madre a la vez. Cuando iba a casa, sentía que ese era un gran hogar. Hacías que me sintiera bien. Jamás me has reprochado nada, jamás me has pedido ayuda. Has sido una gran mujer y una gran madre. Siento no haber sabido estar a la altura. No pienso excusarme. Esta vez no. No tengo perdón. Pero al menos quiero que aceptes mis disculpas, y mi más sincero arrepentimiento. Y decirte, con el corazón en la mano, que eres la única mujer que he amado.
No sabía cómo habían salido de él esas palabras. No se reconocía. Él, tan frío y calculador, estaba diciéndole unas palabras cálidas a su ex mujer, mientras le acariciaba la mano suavemente. Y no pudo evitar que una lágrima le cayera por la mejilla. No le importaba. Ante ella no había nada que ocultar. Solo ella sabía todos sus secretos. Ella era la persona que mejor le conocía en el mundo, y ante ella no tenía que actuar. Le miró, y vio que tenía la cara totalmente empapada. Había estado llorando. Buscó un pañuelo, y se dispuso a secarla con toda la dulzura y cariño que podía. Mientras lo hacía, le susurraba “eres lo más importante en mi vida. Te amo. Siempre te he amado”. De repente, ella empezó a carraspear. Fue a intentar calmarla, pero esta vez ella se resistió. Quería hablar. No tenía sentido intentar hacerla callar. Balbuceó unos sonidos hasta que consiguió que su habla fuera comprensible:
- … amado. Tú también eres la persona que más he amado. Sé que me quieres. Sé que para ti he sido siempre la única. Por eso te he esperado siempre. Por eso esperaba a que quisieras venir a verme. Y por eso siempre estaba disponible para ti. – tomo un poco de aire para poder seguir hablando con claridad. - No has sido un buen marido, y tampoco un buen padre. Pero ahora tienes la oportunidad de remendar tu error. –“ remendar “ era una palabra que ella usaba mucho, ni en el lecho de su muerte podía evitarlo .
- Tú dirás.
- Hasta ahora, yo me he encargado de todo. He cumplido debidamente mi obligación. He creado un hogar (en la medida de lo posible), y he criado y educado a un niño en su edad más difícil…. Y sí, yo también considero que he hecho un buen trabajo. Pero el trabajo no puede terminar aquí. No puedo permitir que todo mi esfuerzo quede en papel mojado. Quiero que te encargues de él. Y esta vez sin condiciones. Quiero que dejes tu trabajo, y te dediques a él. A criarle, a seguirle y a guiarle… Ahora le quedan unos años muy difíciles. Y necesita una referencia a su lado. No sé si eres el mejor ejemplo, pero desde luego, necesita a su padre cerca. Lo tengo todo atado. Dinero no le va a faltar. Pero tengo miedo que pierda los valores que yo le he enseñado. Y tengo miedo que todo mi esfuerzo en que sea un buen chico, se quede en nada. Si de verdad me has amado, si de verdad yo he sido la única en tu vida, te pido que lo hagas. Como mi último deseo, si quieres. Como quieras. Pero hazlo.
De repente se calló. Había empleado toda su energía en hablarle, y estaba exhausta. Aquello, más que a despedida, había sonado a exigencia. Le estaba mandando hacer algo. Ella nunca lo había hecho. Siempre había sido dulce y complaciente. No le reconocía.
- Me pides demasiado. No puedo dejar mi trabajo. Sabes que no puedo dejarlo.
Ella frunció el ceño de manera exagerada, y se revolvió nerviosa. Tuvo que volver a intentar calmarla de nuevo, con caricias suaves.
- Haré todo lo que esté en mi mano. Te lo prometo. Pero sabes que no será fácil dejar este trabajo.
- Júramelo. – clavó los ojos en los de su ex marido.
- No sé si podré…. No es tan fácil….
- Júramelo. Si no lo haces, ya puedes ir marchándote. No haces nada aquí.
Nunca le había visto así. Tan segura de sí misma. No podía decirle que no. Jamás le había pedido nada en la vida. Y ahora estaba pidiéndole que cumpliese con su obligación de padre.
- Está bien. Te lo juro. Juro que haré todo lo posible por cuidarle, y de que me encargaré de que sea un buen chico. Haré todo lo que pueda.
No sabía lo trascendentales que serían aquellas palabras en su vida. Ella relajó el gesto de su cara, lo miró con dulzura y movió la mano para cogérsela.
- Sabía que lo harías. Y sé que lo harás muy bien. Confío en ti.
Cerró los ojos, y se relajó. Se había quedado dormida. Ya no pudo volver a hablar con ella. Dos horas después murió.
Los días siguientes fueron frenéticos. Realizar todos los papeleos, organizar el funeral, estar al lado de su hijo. Cuando Rosa murió, el hijo cayó al suelo desconsolado. Tuvo que levantarlo y abrazarlo. Era la primera vez que lo hacía. Y se sintió bien, para su sorpresa. Cuando lo hizo sentar, lo miró y se dio cuenta lo tremendamente desamparado que se había quedado ese todavía niño. “Me he quedado solo” “¿Qué voy a hacer sin ella?”. Repetía constantemente. En algún momento, no recuerda cuando, su mente cambió y sintió una fuerza protectora que salía de él, y que le hizo realizar una llamada.
- Lo siento, mis servicios han terminado. ….. Lo sé…. No me queda opción….. es una decisión meditada….. sí, estoy seguro…. No, no quiero tramitar una invalidez. Soy perfectamente capaz de trabajar en otra cosa…. No tendréis que comprar mi silencio…. ¿Cómo?.... ¡Bajo ningún concepto!...¡No podéis hacer eso, es mi hijo!.... ¿Es la única salida?.... Está bien. Lo haré.
Sabía que no había alternativa. Solo había tres maneras de dejar ese trabajo. Con los pies por delante (es decir, muerto), por invalidez, o por jubilación. La jubilación aún le quedaba lejos, y desde luego, no tenía intención de que lo asesinaran. Tramitaría una invalidez. Pero para ello tenía que estar inválido. Y no lo estaba. A no ser que… No, era una locura. Aunque no había muchas más alternativas.
Después del “accidente” y de la cojera permanente que le quedó por ello, se propuso recomponer un poco su vida, e intentar un progresivo acercamiento con su hijo. Ahora tenía todo el tiempo del mundo para dedicárselo a él, pero no sabía ni por dónde empezar, ni como debía hacerlo. No fue fácil, pero poco a poco, y gracias a su constancia y dedicación, fue granjeándose la confianza de su hijo, y fue formando, con el tiempo, parte de su vida.
Ahora todo aquello se le antojaba tan lejano… Se levantó de la cama, miró a su alrededor, y sintió el crujir de su estómago. Necesitaba comer algo. Llevaba 2 días sin comer, y su cuerpo se estaba empezando a resentir. Bajó al vestíbulo del motel, y entró al restaurante que allí había, que si bien era modesto, tenía una barra de pinchos nada desdeñable. Pidió un bollo de mantequilla y una infusión. Una vez desayunó, su mente empezó a funcionar otra vez a un ritmo normal. Inmediatamente, e intentando pasar totalmente desapercibido de nuevo, subió a su habitación y descolgó el teléfono. Marcó un número que se sabía de memoria:
- ¿Tienes los nombres? – cogió un trozo de papel, un bolígrafo que llevaba siempre encima y apuntó dos nombres y dos direcciones – Muy bien. No, no voy a decirte de qué se trata, ya sabes que no puedo hacerlo… Sí, podría decirse que he vuelto a estar en servicio…
Casi sin despedirse colgó para volver a descolgar de nuevo. Esta vez el tono de voz era distinto.
- Hola… sí, estoy bien. ¿Qué tal estáis? ¿Qué tal está Rosita? …. No os mováis de allí por nada en el mundo hasta que yo os diga… Lo sé, pero no puedo contarte nada más. Cuando todo haya acabado podrás volver a tu vida normal. Mientras tanto, tendréis que quedaros allí por vuestra propia seguridad.
Colgó de nuevo, y se volvió a sentar compungido. Rosita. Su pequeña y dulce nieta. El homenaje de su hijo a su madre. La niña era idéntica a ella. Los gestos, la forma de hablar, la serenidad de sus ojos… Todo le recordaba a ella. Debía protegerla. Cogió el trozo de papel que acababa de utilizar, una pequeña mochila que había sido su compañero de viaje en los últimos días, y salió de la habitación con un rumbo ya por fin definido.
Makinhauer estaba sentado en su despacho. Él lo llamaba el “Bunker”, pues para acceder a aquel sitio había que pasar decenas de controles de seguridad. Y no solo eso. Su despacho estaba totalmente preparado para casos de guerra nuclear, armas biológicas tipo “Antrax”, bombas de largo alcance y otras armas varias que pudieran ser peligrosas para su vida.
Ser el director del servicio de inteligencia Alemán conllevaba este tipo de medidas. Y no solo eso. Solo tenía permiso para salir de ese despacho dos días a la semana, y debía de informar a dónde se dirigía, y tenía que llevar en todo momento un aparato de gps encima. El estado Alemán se cuidaba muy mucho de que sus servicios de Inteligencia no fueran corruptos, y Makinhauer sabía que todos sus movimientos eran estudiados por un grupo de investigación interno. Por eso le sorprendió que aquella mañana nadie le hiciera llamar para ir a explicar o justificar lo que había pasado el día anterior. Quizás los investigadores privados, al ver que era una persona de fiar, se habían relajado. Mejor para él. Iba a ser difícil explicar el asesinato del hijo de uno de los mejores espías alemanes desde la II Guerra Mundial.
Todavía recordaba el día que aquel chico moreno, delgado y bajito entró por la puerta de la sala de reuniones. Él no era entonces más que un espía al servicio del nuevo estado Alemán, recién unificado. Sus trabajos eran buenos, pero no lo suficiente como para hacerle ascender, y eso le estaba comiendo por dentro. Y de repente, entró aquel chico, con aire hispano, pero con un Alemán perfecto, y todo el departamento cayó rendido a sus pies. Su fama le precedía. Aquel chico español, de padre Alemán, había participado activamente en el fracaso del golpe de Estado que había sacudido a España aquel 23 de Febrero de 1981. Su inteligencia y su buen saber hacer había llevado al ex teniente coronel Antonio Tejero a cometer diversos fallos gracias a informaciones falsas que él hábilmente había introducido. Solo tenía 25 años cuando lo consiguió, y eso no hizo más que aumentar su fama y su prestigio, puesto que se trataba de un trabajo solo apto para profesionales de gran experiencia y conocimientos.
Tal había sido su fama que Alemanía, campo de cultivo de radicales nacionalsocialistas que el fin de la guerra no había conseguido exterminar, había solicitado sus servicios en exclusiva, sabedora de su dominio del Alemán y su experiencia y éxito en incursiones radicales y golpistas. No pudo evitar sorprenderse cuando le nombraron supervisor de aquel chico. Él siempre había sido el supervisado, y sabía claramente que era una prueba a su profesionalidad. Si fracasaba, todo su futuro profesional quedaría estancado, quizás a un cargo administrativo tedioso y repetitivo, pero si triunfaba, podía ser un gran trampolín a lo que él aspiraba secretamente: a dirigir todo el departamento de inteligencia. Se veía capaz de hacerlo en un futuro, y este podía ser un buen inicio.
Trabajar con Juan (cuando ingresó en el servicio secreto Alemán cambió su nombre por el de John, más alemán), resultó ser pan comido. Era tremendamente fácil tratar con él, se adaptaba cual iguana a cualquier circunstancia, y era perfecto en la planificación y en la ejecución. Tal era la confianza que tenía en ese español, que empezó a relajarse, a dejarle más margen de maniobra y a dedicarse a sus “asuntos internos” mientras su supervisado hacía todo el trabajo sucio, y encima, lo hacía a las mil maravillas. Todo iba sobre ruedas. Su prestigio aumentaba a medida que John triunfaba en sus misiones, y su ascenso ya era algo inminente. Poco podía imaginar él que esa suerte tocaría pronto su fin.
Supo de la enfermedad de Rosa antes que la propia interesada. Uno de sus trabajos era enterarse de todo el primero. Pagó una buena cantidad para que se le ocultase a la enferma la gravedad del asunto, e intentó obstaculizar el regreso de John a casa por unos días. Hubo un momento en que no pudo evitar darle unos días libres, y ahí se temió lo peor. Había visto a muchos hombres dejar el cuerpo por amor, y sabía que John amaba a su esposa por encima de todas las cosas. Pero sorprendentemente cuando volvió siguió con su trabajo como si nada pasara, y después de investigar descubrió que nadie le había dicho nada. Mejor así. Así seguiría centrado en su trabajo. Aun así sabía que tarde o temprano ella moriría, y qué pasaría entonces era una incógnita.
Por lo que cuando John le llamó de manera repentina para informarle de que abandonaba la misión porque tenía un asunto de urgencia que tratar, ya sabía de sobra de qué se trataba. Rosa estaba a punto de morir, y le habían avisado. Sabía que aquella mujer dejaba un niño adolescente solo en el mundo, y que podía darse el caso de que John abandonara el cuerpo de alguna forma u otra, para hacerse cargo de su hijo. En cuanto colgó de hablar con él, se apresuró a entrar en su despacho. Debía eliminar cualquier prueba de su inactividad. Si descubrían que todo el mérito de su prestigio lo tenía John podía meterse en problemas. En su despacho debía de haber informes, carpetas clasificadas… Que él cuidadosamente copiaba y firmaba en su nombre, sin que John lo supiera. Por lo que si eliminaba esas copias, solo quedarían las suyas como originales.
Pero su sorpresa fue mayúscula cuando no encontró nada en su despacho. Nada. Los cajones estaban vacíos, y los armarios solo contenían documentos irrelevantes que no servían de nada. ¿Sería posible que John sospechara de lo que él hacía en realidad y se hubiese guardado la documentación para un futuro? ¿Estaría el departamento de investigación interior al tanto de todo aquello? ¿Se estaría llevando John información confidencial y clasificada a su domicilio personal en España? Desde luego el hacerlo le conllevaría una fuerte sanción, y le inhabilitarían para siempre de su puesto, pudiendo incluso pasar por la cárcel durante al menos 10 años. Pero.. ¿Quién le denunciaría por ello? ¿Él? Desde luego era imposible que eso pasara, puesto que cada documento que él se había llevado tenía una copia exactamente igual firmado en su despacho, que se había considerado hasta entonces el oficial, y si sus superiores se enteraran de todo eso, él caería con John. Maldito español. Qué listo era… Cómo se la había jugado…
Cuando parecía que las cosas no podían empeorar, empeoraron. Recibió una llamada de John:
- Lo siento, mis servicios han terminado.- su voz sonaba insegura.
- ¿Cómo? ¡No puedes hacer eso! ¡Sabes que no puedes dejar el cuerpo así como así, sabes que te debes a la seguridad del país! – sus peores temores se habían hecho realidad
- Lo sé…. No me queda opción….. es una decisión meditada…..
- ¿Estás seguro de lo que estás diciendo y de las consecuencias que ellos acarrearía? – sonaba a amenaza, y era totalmente consciente de ello.
- Sí, estoy seguro….
- ¿Y por qué no tramitas una invalidez? De esa manera te evitarías los problemas de abandonar este trabajo sin tener mayores inconvenientes. – había pasado al plan B. Si quería conseguir esa documentación, quizás le vendría bien ser amable y ayudarle.
- No, no quiero tramitar una invalidez. Soy perfectamente capaz de trabajar en otra cosa…. No tendréis que comprar mi silencio….
- Sabes perfectamente lo que pasa con la gente que abandona esto sin más. Y tú tienes mucho que perder, tienes un hijo…
- ¿Cómo?.... ¡Bajo ningún concepto!...¡No podéis hacer eso, es mi hijo!
- Insisto, la invalidez es tu única opción – esta batalla al menos la había ganado. Si él se iba por su propio pie o de manera voluntaria, los investigadores mantendrían profundas conversaciones con él, con el fin de aclarar qué sabía y hasta qué punto podía suponer un peligro para el país. Un accidente conllevaría menos preguntas.
- ¿Es la única salida?.... Está bien. Lo haré.
- Recibirás noticias mías.
Colgó enojado e irritado. ¿Y ahora qué? ¿A quién iba a encontrar dispuesto a hacer lo mismo que John? Su prestigio acabaría cayendo, le atribuirían todos los méritos a John, el retirado, y todas sus aspiraciones se quedarían en papel mojado. Primero, ayudó a John a planificar perfectamente y al milímetro su accidente. No le interesaba matarlo. No sabía qué había hecho con todos aquellos papeles, y temía que si moría, aquella documentación apareciese “por sorpresa” en el despacho de algún directivo. Así que se planificó todo, y Juan salió del accidente con una cojera permanente que le obligaba a volver a su país, y a recibir una pensión vitalicia del valor de un soldado que ha prestado sus servicios a una guerra. No hubo muchas preguntas. La mala suerte se cebó con el pobre John, y ya no podría realizar actividades ni podría ser útil para la administración alemana.
Sabía que le había ayudado en su vuelta a la vida, y esperaba que John le devolviese el favor. Cuando pasaron un par de meses desde el accidente, fue a visitarle al hospital “para ver como se encontraba. Una visita de cortesía” había dicho a los investigadores de asuntos internos. Teniendo en cuenta que había sido su supervisado, tenía sentido. Cuando entró al hospital se encontró al hijo con él. Era una copia exacta de él cuando era joven. Los mismos ojos, la misma expresión… Carraspeó un poco y el hijo se levantó de un golpe, asustado, mirando al hombre de casi dos metros y de complexión atlética que se encontraba en la puerta mirando con una mirada gélida a su padre.
- Hijo, sal de la habitación – le dijo con cariño John a su hijo.
- ¿Estás seguro, papá?- miraba con desconfianza a aquel señor que podría partirle las piernas en 3 con un solo gesto.
- Sí, hijo, tranquilo, es un compañero de trabajo. Se ha portado muy bien conmigo – esbozó una leve sonrisa cómplice, y le hizo un además con la mano al hijo para que se fuera.
Una vez el hijo cerró la puerta, Makinhauer se acercó a John:
- ¿Qué tal te encuentras? Me han dicho que en dos o tres días podrás ya irte a casa – era mejor empezar de manera amable, eso ayudaría.
- Sí, eso parece. Espero poder al menos realizar las tareas cotidianas, no sé cómo me habrá quedado exactamente la pierna, ni cuánto la podré mover.
- Espero que valores el hecho de que te ayudado incondicionalmente a que puedas empezar esta nueva etapa de tu vida – no quería andarse con rodeos. Como buen alemán, era directo y sincero.
- Por supuesto. De hecho, acabo de mandar una carta confidencial y certificada donde hago saber al director del departamento tu buen saber hacer, y tu indispensable colaboración para que nuestro trabajo haya sido perfecto en estos últimos años. Además, tu profesionalidad permitió que yo, en vez de morir, solo tuviese una invalidez, y me salvaste la vida arriesgando la tuya, realizando un acto de heroicidad sin igual. Y no solo eso, sino que propongo te tengan en cuenta para futuros ascensos, puesto que tu liderazgo es incuestionable. En realidad, de todos los jefes que he tenido, tú has sido el mejor, y mereces reconocimiento por ello.- finalizó la frase con una sonrisa irónica, pues sabía él mejor que nadie que todo aquello era mentira.
Makinhauer no supo qué decir. Aquello era más de lo que podía esperar. Pero.. ¿Y la documentación? ¿Quizás la había destruido con el fin de que no hubiera pruebas? O quizás la escondiese para guardarse un as en la manga para un futuro. Mientras daba vueltas al tema, entró una enfermera con aire resuelto.
- Me temo que se acabó el tiempo de visitas del señor John. Si es tan amable de acompañarme por favor… Debemos darle la cena y la medicación que le corresponde. Muchas gracias.
No quedaba tiempo para nada más. Le miró con incertidumbre, y solo acertó a decir: “Espero que te mejores.”.
Cuando llegó a su centro de trabajo, su responsable más directo le esperaba con los brazos abiertos. Aquella carta había impresionado muy gratamente al director, y quería que ascendiese de manera “inminente”. A partir de ahí su carrera despegó rápidamente. En 5 años ya era el responsable del departamento de terrorismo internacional, y en 10 se había hecho cargo de la dirección del servicio de inteligencia alemán. Sin duda, su profesionalidad jamás había sido puesta en juicio, pero él nunca estuvo 100% tranquilo, pues sabía que quizás John pudiera guardarse esa información para perjudicarle en un futuro.
Lo controlaba de manera cercana y directa. Era muy importante hacerlo, pues si podía adelantarse a cualquier acción, quizás pudiera salvar su puesto.
Hasta el momento, y ya habían pasado 15 años desde entonces, no había ninguna sospecha ni prueba que llevase a pensar que John tuviese esa información y quisiese hacerla pública. Incluso había mandado a dos de sus mejores hombres entrar en aquella casa y rastrearla minuciosamente en busca de cualquier prueba. Pero nada. No había nada. Hasta llegó a pensar que efectivamente, aquella documentación había sido debidamente destruida.
Pero un día sus sospechas se hicieron realidad. Estaba en mitad de una reunión cuando recibió la notificación de un email. El remitente era el nombre en código de uno de sus mejores trabajadores, así que pensó que sería importante. Aplazó la reunión y se dirigió a su despacho para poder leer en la intimidad y con tranquilidad aquel mensaje encriptado.
Hijo de alfa entra en banco. Saca de una caja fuerte una documentación. Comprobamos que esa documentación tiene sello oficial. Entra en oficina postal. Envía esa documentación a una dirección que desconocemos. ¿Actuamos?
Aquello era una emergencia. Si esa documentación llegaba a algún organismo, se montaría un escándalo sin precedentes. “Un director del departamento de inteligencia con méritos basados en la mentira”. Una catástrofe, no solo para él, sino para todo el departamento, y si eso llegase a la prensa, para toda Alemania. Era cuestión de seguridad nacional. Había que interceptar aquello como fuese. Cogió su móvil y marcó un número que le salió en la pantalla generadora de números de móvil.
- ¿Estás seguro de lo que me has enviado?.... Ya… Tenéis que haceros con ese paquete como sea… No me importa como lo hagáis, hacedlo y punto. – colgó para reforzar su autoridad. Si no lo hacían, se meterían en serios problemas.
Esa noche no durmió. Se pasó toda la noche y parte del día siguiente pegado al teléfono móvil y a su ordenador, esperando noticias de aquel paquete. Canceló todas sus reuniones y vetó todas las llamadas entrantes. Ahora la prioridad tenía que ser localizar ese paquete. A la mañana siguiente recibió una llamada.
- Tenemos el sobre de Alfa.
- Muy bien. Traedlo inmediatamente.
Tres horas después permanecía sentado, pensativo, dubitativo, con aquel sobre entre las manos. Estaba en lo cierto. Aquel sobre contenía toda la documentación firmada por John, unas cuantas cartas encriptadas que se mandaron entre ellos los días anteriores a su accidente, donde se podía suponer claramente que le había ayudado a conseguir aquella invalidez. Pero el hecho de tener aquel sobre en sus manos no le aportaba la más mínima tranquilidad. El contenido de ese sobre no eran más que copias de los originales. Los originales estaban en manos de John, o en su defecto, de su hijo. Había que tomar medidas. Y pronto.
Hacía 15 años que no aparecía por allí, pero aún se acordaba de la dirección exacta. Era una suerte que aquella sucursal todavía siguiese de pie. Se trataba de una oficina perdida entre montes y pueblos, y no habría sido extraño que la hubiesen cerrado por falta de clientes. Pero allí seguía, con la misma decoración de antaño, y con la misma discreción que le habían llevado a dejar ahí los documentos que se había llevado de su despacho.
Él sospechaba que su responsable copiaba sus informes y se llevaba los méritos de su trabajo. Por eso, y después de investigar a espaldas de él un poco, optó por llevarse todos los informes que iba generando y que su jefe iba copiando minuciosamente. “Nunca se sabe cuándo me podrá ser de utilidad” pensaba. Pero más que utilidad, aquello no le había dado más que problemas. Una vez esa documentación se hubo guardado allí, se olvidó por completo de aquello. Ya tenía lo que quería (había comenzado una nueva vida) así que no necesitaba aquello para nada. Pero tampoco se le ocurrió retirarlo. Sencillamente se olvidó de aquello.
Poco podía imaginar él que a su hijo se le ocurriese revolver en el asunto. Desde luego él no había sospechado nada. Hacía tantos años de todo aquello… Si bien es cierto que cuando su hijo le preguntaba en qué había trabajado tantos años, él se mostraba escueto, y mentía más que hablaba, jamás habría imaginado que su hijo empezase por su cuenta una investigación personal para conocer cuál había sido el trabajo que había alejado a su padre tantos años. Y muchísimo menos que pudiera encontrar la llave que abría aquella caja fuerte que guardaba aquellos documentos.
Lo descubrió por casualidad. Lucía, su nuera, le había pedido que le ayudara a ordenar un poco el trastero. Tenía que bajar la ropa de invierno, y necesitaba hacer espacio. Ella sabía que a él le gustaba que le llamasen para esas cosas. Así se mantenía entretenido y se sentía útil. Y la nieta ya estaba en el colegio, así que no tenía mucho que hacer durante el día. Estaban vaciando uno de los armarios cuando encontró una caja aparentemente normal. Lo abrió para ver si se podía vaciar el contenido, y se encontró con todo aquello. Su hijo llevaba tiempo investigando su pasado, y tenía, aparte de una copia de la documentación que él había guardado en aquel banco, distintos informes y papeles de su pasado. Aquello era muy peligroso. Si los servicios de inteligencia alemanes sabían que se les estaba investigando, podría tener problemas. ¿Realmente su hijo era consciente del peligro que suponía todo aquello?
Decidió hablar con él. Contarle la verdad de una vez por todas, e intentar que dejase aquel “juego de detectives” tan peligroso en el que se había metido. Le esperó hasta que llegase de trabajar.
- Hola Papá. ¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Te vas a quedar a cenar con nosotros?
- No creo que me quede a cenar. Tengo que hablar contigo, hijo. – se mostró serio pero sereno, tampoco quería preocupar en exceso a su hijo.
- ¿Qué pasa papá? – el gesto de su hijo cambió, y con cara preocupada se sentó junto a él en el sofá.
- Hoy hemos estado limpiando el trastero Lucía y yo, que ella quería bajar la ropa de invierno, y hemos estado haciendo hueco. Y mientras ordenábamos aquello me he encontrado con esto.- y señaló la caja que contenía la documentación.
- Papá, no está bien husmear en las cosas de los demás – le espetó su hijo.
- No he necesitado husmear mucho para encontrarlo, hijo. Estaba a la vista, y pensé que sería ropa o calzado. No te has cuidado muy mucho de que no lo viéramos. – le reprochó el padre.- Bueno, pero eso da igual. Lo que importa es lo que esta caja contiene. ¿En qué estabas pensando? ¿Tú sabes lo peligroso que es lo que estás haciendo? ¿Sabes hasta qué punto estás poniendo en riesgo tu vida, y lo que es más importante, la de tu familia?
- No creo que sea para tanto, papá. Estás exagerando un poco…
- No, hijo, no estoy exagerando. Esto que estás haciendo podría llevarte a la muerte. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, podía pasarle algo a tu mujer o a tu hija, y dios no quiera que eso pase…
- ¡Pues cuéntame de una vez todo! ¡Estoy harto de tener que encajar todas las piezas! ¿Dónde trabajaste? ¿Para quién? ¿Por qué lo dejaste todo? ¿Por qué no utilizaste aquella documentación contra tu jefe? Papá, tú hacías todo el trabajo, y él se beneficiaba de ello. No me extrañaría que eso fuese lo que le hiciese llegar hasta donde ha llegado… Pero bueno, que eso pronto va a cambiar, y por fin se va a hacer justicia…
John enmudeció. Miró aterrado a su hijo y le preguntó:
-¿Qué has hecho?
- Tú renunciaste a tu vida por mí, y yo te he querido devolver el favor- le contestó.
Después de dos horas de conversación, quedó todo aclarado. Pero eso no tranquilizó en absoluto a John. Aquello no hacía más que empeorar. Su hijo había mandado aquella documentación al director de asuntos internos con el fin de hacer justicia a su padre. En qué lío se había metido… Sabía que sería cuestión de días o quizás horas que recibieran una llamada o una visita “inesperada”. Makinhauer no se quedaría con los brazos cruzados si se enteraba. Intentaría por todos los medios deshacerse de la información, y por consiguiente también de ellos. Valoraba el detalle de su hijo, pero lo único que había conseguido con eso era ponerlos a todos en riesgo. Organizaron un plan. Ellos marcharían a algún lugar desconocido y alejado del mundo, y él daría la cara por ellos. Era lo mejor en estos casos. Su hijo se había negado, pero se había puesto tan tajante, serio y enfadado que no se pudo negar a las exigencias de su padre. Él sabía cómo tratar con aquella gente. Él lo solucionaría.
Poco podía imaginar que ya los estaban buscando, y que aquella misma noche un coche camuflado estaba siguiendo a su hijo en la huida. El asesinato ni siquiera fue heroico. Cuando pararon Raúl, la mujer y su hija en una gasolinera, y él entró en el baño para mear, alguien entró en el baño, y le hizo un disparo en la nuca. Un solo disparo y una muerte inmediata. Su mujer, al ver que no llegaba, fue al baño a buscarle y se encontró con aquello. Cuando Lucía le llamó asustada para contarle entre sollozos lo ocurrido, John le ordenó que se quedaran allí. Mandó a alguien de confianza en su busca, y las llevó a un lugar seguro y alejado. Se aseguraron bien de que nadie les siguiese. Al menos ellas estaban protegidas.
Makinhauer estaba tomando el almuerzo cuando entró un chico sobresaltado en el office. “Me han dado esto para ti, me han dicho que es urgente”. Le miró con extrañeza, pues esa no era la vía normal de comunicación, y le hizo un ademán para que se fuera y le dejase solo. Era una hoja arrugada. La abrió. “Tengo algo que te interesa. A las 17h en el Café Vinhar. No quiero más problemas. J.H.”. ¿Cómo había conseguido hacerle llegar aquella nota? ¿Cómo había conseguido saltarse todos los sistemas de seguridad? Había que tomar nuevas precauciones, pero primero tenía que encargarse de aquello. Podía ser una trampa. O también podía ser verdad. Por si acaso había que tomar medidas. Tendría a varios compañeros vestidos de paisano en el propio bar, y tendría a un equipo fuera por si hiciera falta una intervención. Quedaban dos horas. Se metió su arma reglamentaria debajo de la chaqueta, y se dispuso a salir a la calle. Aun saliendo con dos horas de antelación no estaba seguro de poder llegar a tiempo. Los controles eran tan estrictos que a veces tardaba hasta 3 horas en salir de allí. Pero intentaría burlar algunos controles para salir lo antes posible.
John estaba nervioso. Le sudaban las manos y le temblaban las piernas. Había sido su pan de cada día 20 años atrás, pero ahora las cosas habían cambiado. Se sentía viejo y débil, y temía que algo saliera mal. Si algo no salía como él lo tenía planificado, la seguridad de su nuera y de su nieta podría verse reducida a cenizas. El reloj del bar marcó las 5 de la tarde. Makinhauer apareció por la puerta. Había envejecido considerablemente (lógico por otra parte, hacía 15 años que no se veían), y las arrugas ya formaban una gran parte de su expresión. No había engordado especialmente, pero su complexión no infundía el respeto de antaño. Le buscó con la mirada y lo encontró sentado con un café delante. John le sonrió y le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Una vez se hubo sentado, se quedaron mirándose fijamente, como si no supieran ni qué decir. Empezó John.
- Tienes que mejorar el sistema de seguridad de tu departamento. No ha sido nada difícil burlarlo.
- Vete al grano, John. Los dos sabemos por qué estamos aquí. No me hagas perder el tiempo. Sabes lo que quiero. Lo tienes, sí o no.
- Lo tengo aquí, en el maletín que está debajo de la mesa.
- ¿Y cómo sé que no me estás engañando?
- No te queda más remedio que confiar en mí – le contestó esbozando una sonrisa irónica.
- Te recuerdo que todavía te queda una nuera y una nieta vivas…
El semblante de John cambió por completo, y con ello su tono de voz.
- Jamás las encontrarás.
- Eso habrá que verlo. Si me das lo que necesito, no las buscaré. Pero como en ese maletín no haya lo que estoy buscando, ya te puedes despedir de ellas. Si valoras un poco tu vida y la de ellas me lo darás.
John soltó una sonora carcajada que se oyó en todo el bar. Los policías que estaban de paisano se pusieron en alerta, para dispararle ante cualquier movimiento.
- Es verdad, que no lo sabes. Padezco un cáncer terminal. Me he cuidado de que no te enterases. Veo que mis esfuerzos por ocultarlo han dado su fruto. Entenderás que mi vida me importa bien poco. Ahora, la de mi hijo no solo me importa, si no que pienso vengarla.
Los ojos se le enrojecieron de ira. Makinhauer se puso en alerta porque de repente entendió qué pasaba. Era todo una trampa. Iba a matarle ahí mismo. Intentó alcanzar su arma, pero John era mucho más rápido y hábil con ella. No dio tiempo a que los compañeros actuaran. John sacó su arma y le disparó entre ceja y ceja, y no tardó ni un segundo en hacerlo. Lo úlitmo que vio Makinhauer antes de morir fue la penetrante mirada de un padre despechado. Inmediatamente, los compañeros del que había sido su responsable se levantaron y le dispararon. Diez disparos, quizás quince. Habría sido difícil contarlos. En menos de 3 segundos había recibido tantos disparos que se revolvía sobre sí mismo por la inercia de cada bala. Si se habrían fijado en su cara mientras caía, habrían visto que sonreía.
El director de asuntos internos del centro de inteligencia alemán se encontraba rellenando unos impresos burocráticos cuando llamaron a su puerta. Emitió un gruñido lo suficientemente alto para que se oyese, y su secretaria entró con aire resuelto hasta su mesa.
- Señor, ha llegado esto para usted
Le extendió un sobre grande, de tamaño folio, encima de la mesa. El director miró con curiosidad el sobre. Venía sin remitente. Qué extraño. No sin cierta precaución, abrió el sobre y vio que había una gran cantidad de documentos dentro de él. Y como presentación, una carta. Se relajó en su asiento y se dispuso a empezar a leer aquella carta:
“Señor director:
Mi nombre es John, y le escribo pues debo relatarle algo de gran importancia que le hará comprender mis últimos actos, y necesito su ayuda para proteger a lo que más quiero……”
Lucía daba vueltas nerviosa por la cocina. Nadie le había explicado nada. De un día para otro se encontraba escondida en una casa de campo en medio de la nada, con su hija, y con un marido muerto. Desde luego, tenía motivos para estar preocupada. Mientras daba vueltas a la cabeza, alguien llamó al timbre. Sobresaltada y asustada, se acercó a la puerta, y se quedó callada, intentando escuchar algo. El timbre volvió a sonar. La niña se acercó gritando: “¿Quién llama mamá?” Sintió que el corazón le daba un vuelco. Le hizo un gesto con la mano de que callara. Después del segundo timbre se oyó una voz “Soy Mario, el chico que os ha traído hasta aquí. Traigo una carta de John. No vengo a haceros daño”.
Lucía desconfiaba, pero… ¿Y si era importante?. Abrió un poco la puerta, y asomó parte de la cara por la ranura.
- John me ha enviado esto para que te lo entregue. ¿Estáis bien?
- Sí, estamos bien. Gracias.
Cerró la puerta inmediatamente, y sintió que se mareaba. Fue hacia el salón de la casa, se sentó y abrió la carta que le habían entregado:
“Lucía, soy John. Si lees esto es que he fallecido. Debes seguir paso a paso mis instrucciones, pues solo así puedo aseguraros que estaréis 100% seguras. Antes de nada déjame explicarte qué ha pasado. Acomódate. Es una larga historia…”